«Señor: aquí han llegado gentes enemigas de la parte de Africa, yo no sé si del cielo ó de la tierra; yo me hallé acometido de ellos de improviso, resistí con todas mis fuerzas para defender la entrada, pero me fué forzoso ceder á la muchedumbre y al ímpetu suyo: ahora, á mi pesar, acampan en nuestra tierra. Ruégote, señor, pues tanto te cumple, que vengas á socorrernos con la mayor diligencia y con cuanta gente se pueda allegar; ven tú, señor, en persona, que será lo mejor.»


El espanto cundió entre los godos, y el rey don Rodrigo se levantó aterrado de entre los brazos de Florinda, donde le sorprendió la noticia.

El sangriento vaticinio de la horrible torre empezaba á cumplirse.

La corona de los godos y la cabeza de don Rodrigo estaban amenazadas.

Don Oppas veia con placer acercarse el dia en que fuese derrocado el enemigo de Witiza.

Los hijos de aquel rey gozaban ya con su venganza.

Florinda miraba ya próximo el momento en que el infame tirano caeria ensangrentado á los pies del conde don Julian.

Don Rodrigo, reuniendo cuantas gentes pudo, partió para la Bética y llegó con un innumerable ejército á Sidonia.

Tarik, la valiente espada del Islam, le salió al encuentro.