—Por la muger enloquecerá.
—No.
—Sí.
Y aquellas mugeres, que con voz tan incitante hablaban, aparecieron de repente ante el Schevaní.
Plegó el árabe su poblado y cano entrecejo al ver ante sí una turba de muchachas de ojos negros, vestidas de blanco y coronadas de flores, que le sonreian y le provocaban bailando voluptuosamente en torno suyo, y envolviéndole en deleites que nunca habia sentido.
Pero en vano quiso luchar; dominóle tanta fascinacion, y cayó desvanecido sobre un divan.
—¡Guala![64] dijo vencido enteramente estendiéndose con molicie sobre el divan: ¡guala! he sido un necio en dejar correr mi vida sin buscar el amor.
Y cayó en un sueño dulce, ardiente y lleno de encantos, de alegría y de felicidad.
Cuando despertó, miró en torno suyo y se creyó encerrado en una prision; era el ambiente húmedo, los muros tristes, profundas las grietas donde arraigaban plantas parásitas, y sobre altos pilares romanos, en la cóncava y oscura bóveda, á través de la cual, contínuas infiltraciones dejaban caer sobre el pavimento, anchas gotas de agua, que producian un ruido monótono y solemne sobre los turbios charcos corrompidos, en cuyo fondo se revolvian reptiles acuáticos; en la oscura bóveda, repetimos, parecian vagar fantasmas sombríos.
Sintió por la primera vez el feroz Ased-el-Schevaní pavor en el corazon; sus dientes se entrechocaron de frio, y sintió comprimida su alma por una angustia desconocida para él.