—¡Por Allah, dijo estremeciéndose, que mis enemigos se han valido de malas artes para encantarme y estoy en poder de Eblís!
—No, dijo una voz dulcísima resonando en la oscuridad: no; sino en poder del amor.
—¡Amor! esclamó el wali con desden, y ¿qué es el amor para mí, espada del Islam, que hé vencido al desierto su espalda de arenales y hecho mis abluciones con sangre de enemigos?
—¡Recuerda! dijo otra voz.
El árabe tembló: por primera vez sentia el remordimiento delante de un recuerdo terrible.
—Aun brota sangre la tumba de la desdichada hija del conde don Julian, repitió la voz.
El árabe irguió la cabeza.
—¡Era una vil ramera! gritó.
Entonces, y contestando al Schevaní, la voz cantó:
»Tres veces el sol ha trasmontado los horizontes de Gecira-Alandalus entre nubes rojas.