¡Hélo que llega!
¡Oh! el yatagan de Ased-el-Schevaní, se ha teñido en la sangre del moribundo don Rodrigo, y su siniestra mano muestra entre un círculo de guerreros horrorizados, la cabeza de un rey sin fortuna.
¡Paso al verdugo!
¡Paso á Ased-el-Schevaní!»
Y la voz que así cantaba, lanzó una estridente carcajada.
Y á impulsos del terror, la carne del walí se despegó de sus huesos.
Y la voz siguió su canto.
—«La luna brilla.
La tienda del árabe se eleva en la llanura.
Allá en los altos duerme una ciudad.