—¡Ah! esclamó el príncipe.

—El fué quien me llevó á Alhama: él quien me hizo reparar en tí: él quien comprando á uno de tus esclavos, introdujo en tu cámara unos versos; él quien arrancó la flecha; quien puso en ella la gacela... él quien te ha traido aquí.

—Pero...

—Necesitamos aprovechar el tiempo; yo te amo, te amo, príncipe, como me amas tú; y...

La jóven se detuvo, miró entre la espesura á un ajimez de la casita blanca y esclamó con alegría.

—¡Estamos libres, enteramente libres! ¡podemos hablar cuanto queramos sin temor de ser escuchados! ¡podemos comprendernos!

—No te entiendo.

—¿Ves aquel ajimez?

—Sí.

—¿Ves un hombre que esta apoyado en él, y tras el cual se vé el reflejo de una lámpara?