—Escucha, dijo secamente Abu-Jacub-Al-Hakem.
—Tienes quince años, María, dijo el moribundo.
—Pluguiera á Dios que no hubiera nacido, señor, si habia de veros en tan miserable estado.
—Muero como debe morir un cristiano y un caballero; dijo Sancho de Arias: defendiendo á mi Dios, á mi patria y á mi rey. Además que ya mis años son muchos, y confio en que Dios en su misericordia me reciba en su seno: como hombre he cumplido con arreglo á la ley de Dios; como ministro del rey, la vara de la justicia no se ha quebrado ni torcido en mis manos; respecto á mis semejantes, tú eres una prueba de que he tenido caridad hasta para con mis enemigos.
—¡Yo, señor!...
—Sí; ha llegado el solemne momento en que lo sepas. No eres mi hija.
—¡Pués de quien soy yo hija, señor! esclamó María.
—Eres hija de moro, de un infiel del reino de Granada.
—¡Ah! ¡señor!
—La verdad es dura, pero es necesario que la sepas. Hace diez años era yo alcaide por el rey del castillo de Alcaudete. Tenia una buena esposa y dos hijas tan hermosas como tú, tan puras como tú, como tú tan buenas. Llamóme por entonces el adelantado de Jaen, y obedeciendo como debia, acudí á su llamamiento.