—Y el herido despierta y parece que cobra aliento, como si le ayudára la mano de Dios.
El rey siguió escuchando.
Hé aquí lo que el rey oyó:
—Padre, dijo el herido: sé que voy á morir, y que necesito de vuestro auxilio y de vuestra presencia: pero veo á mi lado á mi hija; siento su mano sobre mis manos, y recuerdo que antes de morir necesito confiarla un importante secreto, que solo sabe Dios... y yo; y que solo ella debe saber. Dejadnos solos, padre mio, que cuando haya concluido con este último deber que me prescribe mi conciencia, volveré á ampararme de vos.
El fraile salió.
Quedaron solos el anciano que moria, y la jóven que de verle morir lloraba.
VII.
—Levántate y siéntate al lado de mi lecho, María, dijo Sancho de Arias.
Al levantarse María, al sentarse, dejó ver al rey Abul-Walid su semblante.
—¡Es ella! ¡es ella! la hermosísima y casta vírgen de mis sueños de amores: esclamó el rey.