—Amas á un buen hidalgo, á un valiente: á un mozo temeroso de Dios, á Gonzalo Nuñez.
—Es verdad, dijo María ruborizándose.
Al escuchar Abul-Walid que María amaba, los celos, y unos celos crueles, vengativos, llenaron su alma.
—¡Ama! esclamó roncamente: ¡ama la hermosa vírgen de mis sueños!
—Pero tú matarás su amor; dijo con un acento singular el sombrío Abu-Jacub.
—Escuchemos, escuchemos, dijo el rey.
Sancho de Arias y María habian guardado por un breve espacio silencio: él como quien cansado reposa para tomar nuevas fuerzas; ella dominada por lo solemne de la revelacion del anciano moribundo.
—Amas, y yo apruebo tu amor: Gonzalo Nuñez es digno de tí, y tú eres digna de él. Yo he conocido vuestro amor, aunque me lo has ocultado.
—¡Ah, señor! él es muy pobre, y esperaba á que el rey le diese un oficio para poder casarse conmigo.
—Si él es pobre, tú eres rica, María.