—¡Oh! ¡es verdad! ¿decias que estaba en esta casa?

—Sí.

—¿Que la defendia?

—Sí.

—¡Oh! ¡quiera Dios!.. y el infante se detiene temeroso de que las palabras lastimen el corazon de María.

Y la lleva consigo, y recorren todos los aposentos mirando los cadáveres que vuelven los esclavos.

Y—¡Ese era su padre! ¡ese era su hermano! ¡ese era su amigo! esclama á cada uno que vé, anegada en lágrimas María.

Pero de repente, en el zaguan la infeliz á la vista de un caballero ensangrentado é inerte, dá un grito horrible.

—¡El es! esclama.

Y cae desvanecida entre los brazos del infante.