—¡Ese! ¡ese mancebo era su esposo! esclama con compasion y con ira al mismo tiempo Ebn-Ismail. ¡El! ¡el matador de mi amigo, de mi hermano Aben-Osmin! ¡El! ¡á quien en venganza de la sangre de mi hermano de guerra, abrí yo las puertas de la muerte con mi hacha!
Y es verdad: Gonzalo Nuñez tiene la cabeza herida de un hachazo.
—¡Oh! ¡el matador de Aben-Osmin! esclama el infante. Sí, le conozco bien á pesar de la sangre que le cubre el rostro. El fué el primero á quien encontramos cuando se abrió la puerta. Y si no ha muerto, ¿he de salvar yo á este hombre? Y bien: esta infeliz le ama: seamos generosos y caritativos en nombre de Dios Altísimo y misericordioso, y que él tenga compasion de nuestra alma, añade arrojando una mirada de amor desesperado á María.
—Que venga al punto mi sabio médico Ayub, añade: buscadle: él me sigue siempre en el combate.
Y—Aquí estoy, noble señor, responde un anciano de luenga barba blanca, vestido sencillamente con una túnica parda, y ceñida la cabeza con una toca blanca.
—¿Hay un soplo siquiera de vida en ese caballero? le dice el infante.
—Sí, si señor; dice el sabio despues de haber observado profundamente a Gonzalo. Vive; pero solo Dios que sabe lo oculto, sabe si sobrevivirá á la herida.
—¡La ciencia es hija de Dios! ¡Ayub: alienta esa vida! ¡aliéntala como si fuera la de mi hermano, y si le salvas te llamaré mi padre! Partamos de aquí antes que el tumulto crezca: partamos á mi castillo de Al-Padul antes que sobrevenga el rey. Ocultémosla á sus ojos. Salvémosla para su amor.
Y dejando momentáneamente á María en brazos de un wazir de sus abencerrages, cabalga sobre su caballo, que le tienen de la rienda dos esclavos, y luego toma sobre el arzon á María, y parte rodeado de sus caballeros.
Pero al salir de la villa los esclavos de la guardia del rey le detienen.