—Soy el infante de Granada Sidy-ebn-Ismail, esclamó con altivez. Paso esclavos.
Y los esclavos, inclinados y respetuosos, pero con firmeza, le contestan:
—El rey manda que ninguna muger salga de los reales.
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Y Abal-Walid, ébrio de amor y de desesperacion, porque no la encuentra, busca entre tanto por todas partes de la villa á María; levanta los velos de todas las mugeres, y las entrega irritado á su soldadesca: entra y sale en las casas hasta en las que están arruinadas; hace revolver las ruínas y nada halla; pasan las horas y crece la desesperacion y la cólera del rey, y al fin llega la tarde sin haber encontrado á María.
Y cuando el sol estaba próximo á ponerse, cuando ya desesperado iba levantar el campo, un esclavo le dice:
—Tú buscas, señor, á una hermosa cautiva.
Y el rey le responde:
—Sí: ¿la conoces tú?
—Hé visto una hermosísima cristiana, entre las gentes del infante Ebn-Ismail.