—¿Tiene los cabellos rubios?

—Como el oro.

—¿Y la frente blanca?

—Como el alba.

—¿Y los ojos negros?

—Como la noche.

—¿Y dices que esa doncella está en poder del infante Ebn-Ismail?

—Entre sus taifas de abencerrages la he visto, magnífico sultan.

El rey arroja su garzota de diamantes al esclavo, y mira ansioso al lugar del campo donde ondea el estandarte rojo de los Beni-Serag[81].

Y entonces vé, que saliendo de las enfiladas tiendas, un caballero ismaelita adelanta llevando de la mano á una cristiana á un cercano bosque, y el rey, apartándose bruscamente de los suyos, aprieta los acicates á su valiente Lucero, se dirige por otro lado al bosque, descabalga, y sin cuidarse de atar su caballo, que le sigue como un perro, se pierde solo en la espesura.