IX.
Y entre tanto el infante Ebn-Ismail y María se dirigen al bosque.
Ella vá enteramente cubierta con el velo, y bajo él corren las lágrimas y se oyen sollozos ahogados.
—No llores, hermana mia, dice Ebn-Ismail: tu llanto me despedaza el corazon: no sé por qué te amo como amaba á mi madre: no llores, el hombre á quien amas acaso no ha muerto, acaso yo pueda volvértele; y tu padre, sus nobles restos, serán respetados y honrados.
María continúa sollozando.
—Escucha, la dice el infante: muy pronto ese bosque nos habrá ocultado del rey que podria cegar ante tu hermosura: ¡ay del rey si pretendiera hacerte su esclava! pero no temas; tú y yo y algunos de los mios esperaremos aquí ocultos, y cuando el rey haya partido yo te pondré en salvo.
Y María continúa callando.
—Mira, repite el infante; yo tengo en una aldea cerca de Granada, en la Azubia, un hermoso y retirado palacio: allí hay hermosos jardines, frescas fuentes, apartamentos misteriosos que te ocultarán á las miradas de todos, y ni el sol te verá, si no quieres que el sol te vea. ¿Por qué lloras, pues, hermana mia? ¿pretendo yo ser tu tirano?
—¡Mi padre! ¡mi esposo! esclama la infeliz María, acreciendo en sus lágrimas.
—Tu padre está en el lugar que el Altísimo concede á los honrados y á los valientes: tu esposo... ¿sabes tú si algun dia le encontrarás?