—¡Oh! ¡pluguiera á Dios, para que se secáran mis lágrimas! dice María.

De repente el infante se detiene y pone mano á su espada.

Un hombre ha aparecido de improviso en una revuelta de la espesura, y adelanta como un tigre hambriento hácia el infante y hácia María.

—¿Por qué te detienes? dice esta al infante.

—¡El rey! murmura el infante con voz estremecida por la cólera.

—¡El rey! repite María, y sin saber por qué se estremece y tiembla.

X.

—¡Guárdete Allah, mi valiente primo! dice el rey acercándose. ¿A dónde llevas á esa cristiana?

—Es mi esclava, dice Ebn-Ismail: el apoderarme de ella me ha costado mucha sangre de mis escuadrones, y la pérdida de mi amigo Aben-Osmin, que se cuenta entre los mártires de la victoria. ¿Acaso pretendes, señor, que yo no tenga potestad sobre esta esclava?

María calla y tiembla.