La Alhambra, tan hermosa, tan alegre, tan resplandeciente, se ha tornado en una tumba para el rey.
Porque María es su vida, y María le desprecia.
Porque el rey la adora, y María cuando le dice su amor calla, fria y muda como una estátua.
Y el rey ha puesto á sus pies su corona, y la ha ofrecido la mitad de su tálamo y el nombre de sultana.
Pero María tiene allá su corazon en el humeante Martos: y entre sus ruinas ensangrentadas, vé contínuamente el cadáver de su padre, y el de su amado Gonzalo.
Y María llora inconsolable, y cuando el rey la habla de amores le vuelve la espalda.
Por eso el rey está triste.
Por eso cuando piensa en María, (y está siempre pensando en ella) su corazon se abrasa en un fuego volcánico, y se revuelven en su cabeza sombríos pensamientos.
Por eso el rey no danza, ni sonrie á las damas, ni se acompaña de nadie.
Por eso el fresco, riente y perfumado Generalife, no tiene para él ni mugeres hermosas, ni armonías, ni sombrosos jardines, ni los tersos espejos de sus estanques, ni la luz de la luna, ni el cielo azul, ni los trémulos luceros que en los estanques reflejan.