Por eso, Generalife el hermoso, Generalife el engalanado, Generalife el de las zambras, es para el rey una tumba, como lo es tambien su magnífico y resplandeciente alcázar.
Porque María es para el rey un terrible arcángel de fuego.
Y el infante Ebn-Ismail, piensa de otro modo en María.
María es para él la fresca fuentecilla, que brota á la sombra de las palmeras del desierto, con su raudal trasparente y puro, á cuyo lado, sobre la verde yerba, se reclina el viagero cansado, y se aduerme el fuerte camello.
Ebn-Ismail, vé á través de la pura y candorosa mirada de María su alma, como pudiera ver el fondo tranquilo de la fuentecilla del desierto, á través de su límpida superficie.
Y Ebn-Ismail no ha pensado siquiera en enturbiar ni aun con su hálito aquella pura fuente, pero vé al leon sediento que vaga en torno de ella y ruge, y centellea miradas de fuego, y á quien solo la voluntad de Dios contiene para que no enturbie la fuente purísima, con su espumosa y ardiente boca.
Por eso, silencioso, sombrío, escondida la mano bajo su jaqueta, y manoseando impaciente el pomo de su puñal, sigue al rey.
Al rey que abandona triste, solo y mudo el sarao, y se pierde en los jardines.
El infante se pierde tambien bajo su sombra tras el rey.
Y el rey vá tan absorto pensando en María, que no siente que el infante le sigue.