Despues entra de nuevo en la cámara de la sultana.

El rey habia muerto.

La sultana le miraba friamente.

Acababa de espirar, y Ketirah tenia las manos teñidas en sangre.

—¡Oh! ¡qué es eso! esclama Masud al ver las rojas manos de la sultana.

—Una puñalada mas; responde friamente Ketirah. Tardaba mucho en morir, sentí pasos que se acercaban, y no sabiendo que eran los tuyos, sentí miedo.

Y Ketirah se encamina á la fuente que surge en el centro de la cámara y lava tranquilamente sus manos y su puñal, que cuando está limpio envaina y guarda entre su ceñidor de púrpura.

—Yo amo al infante Ebn-Ismail, dice poniendo las manos en los hombros de Masud y acariciándole con su mirada. Quiero que sea sultan. Quiero ser su sultana.

Masud se estremece.

—¡Imposible! esclama: hé mandado cortar las cabezas de algunos paciales del infante Ebn-Ismail, y este anda huyendo.