Walidé, que así se llamaba la infanta granadina, habia salido del harem donde la habian criado sus ayas, con alegría: hasta entonces no habia visto mas gentes que las mugeres del harem, ni mas hombre que el rey su tio, y los silenciosos eunucos, ni se habia espaciado su vista mas que en el azul firmamento: que, en cuanto á la tierra, no habia podido pasar de los muros de los jardines del harem.

Ni amaba, ni sabia lo que era amor.

Tenia solo catorce años, y el amor dormia aun desconocido para ella en su alma.

Era á pesar de su juventud una muger poderosamente hermosa, blanca, gentil, modesta; pura la dulce sonrisa de sus ojos, pura la tranquila y cándida sonrisa de su boca.

Cuando Walidé se vió fuera de la Alhambra, sobre las amugas de brocado de su blanca hacanca, rodeada de guardas negros á caballo y acompañada de Abd-el-Rahhaman, que solícito no se apartaba de ella un punto, sonrió al primer hombre hermoso que veia.

Y Abd-el-Rahhaman, á pesar de haberse casado cuatro años antes y de tener un hijo, se estremeció ante aquello primera sonrisa de amor casi virgen, ante aquella dulce y tranquila mirada que decia amor sin saberlo.

Y luego, cuando Walidé salió por la puerta de Elvira de la ciudad, y vió estenderse ante ella la ancha vega con sus mil colores, con sus mil aldeas, con sus lejanas montañas azules, sonrió y miró con amor á aquel verdor riente, engalanado, magnífico con sus vapores dorados bajo el sol de la mañana, como habia sonreido y mirado con amor al hermoso y gentil infante Abd-el-Rahhaman.

Walidé empezaba á vivir.

Empezaba á abrir su alma al amor, pero de una manera tranquila, inocente, como era tranquila é inocente su alma.

En mal hora el rey su tio, necesitado de paces con el cristiano, habia fijado su mirada fria en la cándida hermosura de la infanta, para enviarla casi esclava á una tierra estraña, á ser la esposa de alguno de los zafios montañeses, vasallos del rey de Aragon.