Aquella dama que habia cruzado como una tentacion la galería, era doña Catalina de Cardona, doncella noble de la reina de Aragon.
—¡Era mi madre!
—Sí, tu madre era: respondió el mago, y despues de un momento de silencio continuó.
VI.
Pero á pesar del amor que el infante sentia hácia Walidé habia quedado fija en su memoria, y en su corazon, sin poderse esplicar con qué deseo, con qué afan vago y misterioso, el recuerdo de doña Catalina de Cardona.
Era muy hermosa esta dama: blanca y pálida, con hermosos cabellos rubios como el oro, con hermosos ojos negros como el ébano y lucientes como el carbunclo, y magestuosa y gentil, y esbelta á maravilla: era muy jóven y su frente resplandecia de pureza.
Y el infante adelantaba hácia la cámara donde el rey de Aragon le esperaba, murmurando sin ser poderoso á otro pensamiento:
—¡Oh! ¡qué cristiana tan hermosa!
Y sin embargo el amor que sentia por Walidé permanecia vivo, ardiente en su corazon.
Cuando entró á la presencia del rey, el infante dobló una rodilla.