Walidé se estremeció de una manera mas poderosa, y murmuró:

—Yo te amo: mi vida es tu amor, si me falta tu amor yo moriré.

Cuando llegaron, pues, á Tarazona ella y él eran los amantes mas dichosos de la tierra.

Abd-el-Rahhaman, en cuanto anunció su embajada á Alonso IV de Aragon, le pidió permiso para verle particularmente, y el rey se apresuró á concedérselo: al atravesar el infante una galería del alcázar, cruzó por delante de él una dama cristiana, y se detuvo un momento y palideció.

El infante sintió tambien á la vista de la dama no sé qué estraño presentimiento.

La dama siguió adelante murmurando:

—¡Oh! ¡qué moro tan gentil!

Y el infante siguió diciendo para sus adentros:

—¡Oh! ¡qué cristiana tan hermosa!

Pero ella amaba á otro hombre, y él amaba á Walidé.