Despues de esto se dió otro pregon para que nadie fuese osado, por cosa que sucediere á cualquiera de los dos caballeros, á dar voces ó aviso, ó á hacer seña con la mano, so pena de que al que hablare se le cortaria la lengua, y al que hiciere seña se le cortaria la mano.

A seguida se retiraron el rey de armas y sus oficiales, y los jueces del campo mandaron tocar las trompetas y los timbales, á cuyo son salieron cada cual de su tienda á caballo y armados, el infante Abd-el-Rahhaman y Men Roger de Cardona, rodeados cada cual de sus escuderos y caballeros.

Llevaba el infante de Granada un bonete forrado de oro ricamente labrado, y coronado por una garzota de plumas verdes en señal de esperanza; un arnés tunecino redoblado, forrado de tela de oro; una túnica de brocado de rica labor, y un capellar de grana con flecos y borlas de oro; montaba en un caballo andaluz poderoso, que hacia retemblar la tierra bajo sus cascos; embrazaba una adarga de cuero de Marruecos, perpuntada y bordada de oro y seda, y empuñaba una lanza de ébano, de dos hierros, de Toledo.

Men Roger mostraba las resplandecientes armas, la marlota y la lanza de dos hierros que le habia regalado el infante, y montaba el hermoso caballo de Arabia que habia acompañado á aquel regalo, lo que el infante tomó por insolencia, y el rey y todos los circunstantes por descortesía, porque aquello era lo mismo que decir al infante:

—Te combato con tus propias armas.

El infante tomó por un lado de la liza, y el aragonés por el otro, y al pasar por delante de los reyes y de la infanta Walidé, para saludarlos, se cruzaron, y despues fueron á ponerse uno frente al otro, cada uno á un estremo de la liza.

Entonces bajaron los jueces del campo y les partieron el sol[87], reconocieron sus armas, las dieron por buenas, y les tomaron juramento por su honor de que no llevaban sobre sí amuletos ni hechizos en daño de su contrario, despues de lo cual se retiraron.

Entonces, cuando los caballeros habian quedado en sus puestos, teniendo el freno de cada uno de sus caballos un faraute, el rey hizo una señal con su baston y las trompetas y los timbales rompieron en alto alarido.

A este primer son los caballeros pusieron sus lanzas en los ristres, se adargaron é inclinaron el cuerpo sobre el arzon delantero.

Entonces sonó el toque de arremetida, los farautes soltaron los frenos, y el moro y el catalan partieron el uno contra el otro como dos rayos, y se encontraron con terrible pujanza y estruendo en medio de la liza.