—¡Ah! señor.

—Y á persona viviente digas que me has visto.

—Descuidad, señor.

Y el infante montando en el rocin de labor que le habia cambiado el campesino por su magnífico caballo de batalla, y vestido como un rústico, se alejó hácia Tarazona; esperó á que cerrase la noche, y cuando esta hubo estendido su sombra entró en la ciudad, sin que nadie reparase en él á causa de su disfraz y se entró en la casa donde estaban las gentes de su embajada.

—Abdelamar: dijo á uno de sus escuderos favoritos, tú no me has visto: guarda un profundo secreto, y búscame una de esas viejas embaucadoras que dicen que hay en todas las poblaciones de los cristianos.

Abdelamar salió y poco despues volvió con una de esas viejas que viven de ser corredoras del amor, y favorecedoras de doncellas y galanes.

El infante se encerró con ella, y la dijo:

—Amo á una noble dama de esta ciudad y no puedo decirla mi amor: ¿quieres tú, buena muger, encargarte de llevarla un mensage mio?

Y puso en manos de la vieja un bolsillo.

—¿Y cómo se llama esa doncella, hermoso señor?