—Ni pobre ni rico, le contestó el labriego.
—Pero no te vendria mal que yo te cambiase este hermoso caballo mio por uno de tus rocines.
—No por cierto, señor.
—Ni que yo trocase todas mis galas por un vestido tuyo.
—¡Ah! no por cierto.
—Pues bien, dijo el infante descabalgando, entremos en tu casa.
—Escucha, le dijo el infante: cura á este caballo, la herida es ligera, y bien merece por hermoso y bravo que se cuide de él.
—¡Ah! si señor, dijo admirado el labriego.
—Oye aun: mete este caballo en tu establo y guarda estas armas y estas ropas; mañana vendrán á comprártelo todo, y te darán por ello un monte de oro.