—¡Desgraciados! esclamó el infante levantando á doña Catalina los ojos nublados por las lágrimas en que reflejaba la luna. ¡Desgraciados! ¿y por qué?
—Vos sois moro; yo soy cristiana.
—Para los que se aman no hay mas Dios que el amor.
—Sois enemigo de mi hermano.
—Le perdono.
—Mi hermano no os perdonará.
—Le diré: amo á vuestra hermana, soy hijo de reyes.
—Mi hermano os pedirá lo que yo no os pido.
-¡Qué!
—Que renegueis de vuestra patria y de vuestro Dios.