—¡Oh! ¡no! ¡nunca!

—Lo sé y por eso os amaré siempre: yo no podria amar á quien por mí se envileciese.

Guardaron entrambos silencio.

—¿Me pediriais vos que renegase de mi Dios? dijo doña Catalina.

—¡Oh! ¡no! respondió el infante.

—Pues bien, amémonos: dijo doña Catalina.

El infante quiso en la locura de su alegría asir una mano que la hermosísima cristiana tenia apoyada en la reja.

Doña Catalina la retiró.

—Amémonos pero desde lejos: guardemos cada uno dentro de nuestra alma, como en un santuario, nuestro amor.

—¡Amarnos desde lejos! ¿y por qué no unirnos?