—No lo quiere Dios: vos sois moro, yo soy cristiana.

—Vos seguireis siendo cristiana y yo seguiré siendo moro.

Pronunció de una manera tan sentida estas palabras el infante, que doña Catalina no contestó.

Permaneció por un momento en silencio dominada por el amor que el infante la inspiraba.

—¿Y cómo, cómo, dijo al fin, no separarnos?

—Seguidme.

—¡Que os siga! ¡qué habeis dicho!

—Necesito veros contínuamente, teneros contínuamente a mi lado para vivir: sin vos los cielos no tienen luz para mi ni el sol resplandores, ni brillan las estrellas, sin vos moriré... ¡ah! ¡vos cuando os negais á seguirme no me amais!

—Amo antes que á vos á mi honra, contestó con voz severa doña Catalina.

Pero su voz temblaba.