—Te habia prometido, dijo la sombra negra á la sombra blanca, traerte al lugar donde tu esposo viene á pasar las noches entre los brazos de una muger.

—Si me lo haces ver seré tuya, dijo con voz irritada y ronca la sombra blanca.

—¿Ves aquella luz que brilla detrás de aquel ajimez?

—Sí.

—Pues allí reposa la cristiana que sacó de Tarazona el infante Abd-el-Rahhaman, la misma noche en que te libró de tu mal destino.

—Para condenarme á otro peor, dijo Walidé que ella era; para condenarme á la desesperacion de verme despreciada por otra muger. ¿Y es esa muger hermosa?

—Como el lucero de la tarde al principiar una noche de primavera.

—Pues bien, Abdelamar, despues de que haya visto á mi esposo salir de esa casa, quiero conocer á esa muger.

—Será necesario gastar algun oro.

—¿Y qué importa? dijo la infanta: ¿no estoy muriendo de celos? ¡la vida que me pidieses la daria por vengarme!