—¡Oh! ¡y cuánto amas al infante! dijo suspirando Abdelamar.
—Te juro que le aborrezco.
—¿Y por qué no huyes de él y le desprecias?
—¡Ah! ¡mal haya la hora, dijo Abdelamar, en que el infante me puso á tu lado para servirte! ¡un dia y otro dia he dominado mi amor, que un dia y otro dia ha ido en aumento.
—¿¿Y no te amo yo?
—¡Tú no puedes amar á nadie!... ¡tu alma no es tuya!
—Cuando me hayas vengado te convencerás de que el amor del infante ha pasado para mí.
—¿Y por qué deseas la muerte de esa cristiana y no la del infante? dijo Abdelamar.
—Porque el infante la ama tanto, que preferiria morir á perderla: porque la pérdida de esa muger le desgarrará el corazon, y su recuerdo le quemará eternamente el alma. ¡Morir! ¡qué es morir! ¡un dolor breve! ¡una breve agonía! No: ¡yo quiero que viva! ¡yo quiero que llore! ¡yo quiero que sepa que me he vengado!