—¡Que vive Gonzalo! esclamó trémula de alegría la jóven.
—Sí, vive, y te rescatará y será tu esposo: pero es necesario para ello que tú misma contribuyas á tu libertad.
—¡Dios mio! ¿y cómo? ¡sola, abandonada!
—Oyendo los amores de Masud-Almoharaví.
—¡Oh! ¡nunca! esclamó María.
—Engáñale, domínale...
—Yo no sé mentir.
—Tu mentira servirá para castigar el crímen.
—¿Para castigar el crímen de quién?
—De la muger que está entre los brazos de tu hermano, de la miserable que por ser sultana, se unió en una infame alianza con un hombre miserable y ambicioso y mató al que creia su padre.