—¡Oh! ¡qué muger tan horrible! ¡parricida, incestuosa!...
—Y adúltera.
—¿Y cómo salvarme de ella?
—Primero escribiendo á tu padre.
—¿A mi padre?
—Sí, al walí de Algeciras, el noble, el poderoso, Mohammet-Abd-el-Rahhman.
Y Abu-Jacub, sacó de entre su hopalanda un pergamino enrollado, y un tintero.
—Pero yo no sé escribir.
—No importa: yo escribiré por tí. Al fin, yo llevaré tu mano para que escribas tu nombre.
María estaba fascinada, pendiente de las palabras del mago que desenvolvió el pergamino y se puso á escribir sobre sus rodillas.