Lo que escribia el mago, era la historia de la sorpresa de Illora por los fronteros de Alcaudete acaudillados por Sancho de Arias: el robo por este de la hija de doña Catalina, y la existencia de las alhajas de aquella infortunada en poder del infante Ebn-Ismail.

«Además, señor, decia la carta: solo con verme me conocereis; porque los que conocieron á mi madre, á quien tanto amasteis, dicen que soy una viva imágen suya.»

La carta concluia diciendo al walí de Algeciras el peligro en que se encontraba su hijo penetrando todas las noches en la Alhambra para ver á la sultana Ketirah, y esponiéndose si era visto á ser preso y muerto como asesino del rey Abul-Walid.

—Firma: dijo el mago, cuando hubo leido esta carta á María.

—Pero ya os he dicho que yo no sé escribir.

El mago se apoderó de la mano de la jóven, y la hizo escribir al pie del pergamino y con caracteres arábigos su nombre.

—Tu padre vendrá á salvarte, dijo el mago, y tu hermano te entregará á tu amante.

—¿Pero quién llevará esta carta á mi padre?

—La recibirá dentro de un momento, dijo el mago guardándola entre su ropon talar.

—¡Qué! ¿está mi padre en Granada?