—La muger, como el hombre, dijo para sí Masud, tiene ambicion: cuando el rey la enamoraba, esta rosa de Hiram rae despreció: ahora que el rey ha muerto es distinto: yo puedo ser para ella el prendido de perlas que ciña su cabeza, los perfumes que suavicen su cuerpo, las telas brillantes que realcen su hermosura: yo daré á esta doncella cuanto quiera, y será mia.
Y obedeciendo á este pensamiento, Masud la dijo:
—Esta torre es muy triste, ¿no es verdad?
—No, no señor; dijo María: por el contrario, ¡es tan bella esa quebrada que serpea al pie de la torre! ¡suena tan blandamente el arroyo que por esa quebrada se despeña! ¡cantan con una música tan regalada los ruiseñores que anidan en los laureles del cercano monte, y es esta torre tan hermosa! Desde aquella ventana veo salir el sol, y por esa otra le miro ponerse: la luna parece mas hermosa en medio de este silencio: solo estaría mejor que en esta torre....
—¿En dónde?
—En los lugares donde nací... ó al menos donde me crié, añadió María recordando que habia nacido en uno de los cármenes de Granada.
—¡Oh! ¿vivirias mas alegre en Martos? dijo Masud.
—¡Oh! si señor, allí reposan los restos de mi padre.
Y los ojos de María se llenaron de lágrimas á la memoria del buen Sancho de Arias.
—¿Y no dejaste allí un amante?