—Sí, sí, es verdad, dijo: el rey Abul-Walid era un tirano. Anoche... ¡oh que horror!... pero siéntate, siéntate junto á mí.

Masud-Almoharaví se sentó trasportado de deseo junto á María.

Y la jóven, con el magnífico trage musulman que la habia obligado á vestir el rey Abul-Walid, quitándola sus ropas castellanas; con sus ricos cabellos rubios agrupados en anchas y largas trenzas; con su blancura nacarada, con sus resplandecientes ojos negros, y con el encendido color que asomaba á sus megillas, escitado por la situacion difícil en que se encontraba, era el hermosísimo trasunto de un sueño de amores.

Masud-Almoharaví contrastaba enérgicamente con ella: era ya viejo, estaba pálido y demacrado: sus enormes ojos, en que se traslucia la raza africana, tenian un no se qué de terrible, de fiero, de amenazador, aun cuando querian dulcificarse y espresar el amor ó la amistad: sobre su frente habia impreso una profunda arruga el remordimiento, y sus ricas galas hacian contrastar esta fealdad del cuerpo y del alma que aparecian en su semblante.

Masud-Almoharaví no habia amado hasta entonces mas que á su ambicion; pero desde un dia en que acompañando al rey Abul-Walid vió á María, su corazon se abrió al amor, y á un amor tan violento cuanto habia tardado en conocerle su corazon.

En el breve espacio que habia pasado entre el dia en que el rey Abul-Walid habia traido de Martos á la jóven, hasta que el rey murió, Masud-Almoharaví la habia visto algunas veces.

La última la habia hablado de amor.

María le rechazó.

Por esta razon María conocia a Masud-Almoharaví.

Por el anterior desdén de María, el enamorado wazir se maravillaba de que la jóven le sonriese y le hubiese mandado sentar á su lado.