—Le dió lo que él creia la felicidad, esto es, riquezas, y vasallos; poder invencible contra sus enemigos, y una juventud y una hermosura inauditas, durante trescientos cincuenta y cinco años.
—¡Oh! ¡y qué rey tan feliz! dijo un ginete de barba blanca: ¡un hombre que durante trescientos cincuenta y cinco años, seria jóven, rico, invencible y hermoso, y no sirviendo á nadie.
—Te engañas, dijo el cuentista: el rey mago era esclavo de sí mismo.
—¡Ah!
—¡Oh!
—¿Y cómo?
—Ya vereis: el rey mago estaba cansado de todo; porque hacia mucho tiempo, que las aves del aire, los animales de la tierra, los peces del mar, y los frutos de todo el mundo le servian por su ciencia de manjares, y no encontraba nada que no le repugnase y que pudiese escitar su apetito.
—¡Ah!
—Además de esto, el mago era soberbio, y queria tener un palacio como no le hubiera en el mundo, y en aquel palacio un harém en que hubiera las mugeres mas maravillosamente hermosas de la tierra. Era además cruel y se gozaba con la sangre, con la muerte y el estrago.