—¡Oh! ha sido un sueño, un horrible sueño: yo habia oido contar muchas veces el cuento de las hadas malditas hijas del mago, pero no sabia que fuese esta la caverna; además, llevo conmigo un anillo mágico que me protege, pero este pergamino, añadió reparando en uno enrollado que tenia entre los pliegues de su faja... ¡Oh! ¡este pergamino escrito!... ¿con que esto ha sido mas que un sueño? ¡Oh, poderoso Allah! ¡que se cumpla lo que está escrito! ¡si encuentro un perro blanco de montería, le seguiré, y si encuentro á mi hijo le daré este pergamino! ¡Oh, poderoso Señor! ¡que se cumpla tu voluntad!

Y saliendo de la gruta, despertó á su secretario Zuleka, que dormia á su entrada.

—¡A caballo! dijo el infante, y prosigamos nuestro camino.

Zuleka se llevó la corneta á los labios y tocó á cabalgar: los cien ginetes salieron de debajo del resalte de la roca, donde se habian acogido durante la tempestad, y poco despues, el infante, Zuleka y los esclavos, cabalgaban á la orilla del torrente rojo que la tormenta habia formado en la rambla.

XXVI.

Era la noche del siguiente dia: la luna brillaba en medio del firmamento.

El walí de Algeciras habia soltado las riendas sobre el cuello de su caballo, habia inclinado la cabeza y se habia dormido.

A Zuleka le habia acontecido otro tanto.

Otro tanto á los cien ginetes.

Los caballos seguian uno tras otro por un sendero de la montaña.