De repente el caballo del infante, que iba el delantero, se paró, erguió el cuello, olfateó el aire, rehiló las orejas y lanzó un largo relincho.

Luego partió á la carrera, raudo y pujante como la tormenta, perdiéndose por entre las revueltas de la montaña con la misma valentía con que hubiera corrido por el llano.

Muy pronto quedaron atrás Zuleka y los ginetes, y las rocas y las colinas parecian huir deslizándose junto al caballo.

Y cuando el caballo encontraba una roca en medio del sendero, la salvaba de un salto, y de la misma manera salvaba las cortaduras que se le oponian.

Y el infante, á pesar de la rápida carrera de su caballo, seguia durmiendo.

Súbito se oyó entre las quebraduras un ladrido potente, ronco, prolongado; y como si aquel ladrido hubiera tenido mas fuerza que la violenta carrera del caballo, el infante despertó.

Y al despertar el infante, el caballo se paró de repente, como si le hubiera dominado un encanto.

Y Abd-el-Rahhaman vió delante de sí, en la entrada de un sendero, á la luz de la luna, un enorme perro de montería, sentado y mirándole de hito en hito, con unos ojos que parecian brasas.

El infante invocó á Dios.

Aquel perro era horrible, feróz.