Wadah mostraba en sus manos un pequeño lienzo cuadrado de seda manchado de sangre.
Cuando vió á Al-Hhamar, guardó el paño entre sus ropas descompuestas y lanzó una horrible carcajada.
En vano la preguntó Al-Hhamar acerca de sus gritos, de aquel lienzo ensangrentado, de aquel desvarío: Wadah guardó el mas profundo silencio.
Al dia siguiente Al-Hhamar supo por los alcaides de su harem, que dos esclavos habian desaparecido.
El uno era Leila-Radhyah, el otro un cautivo cristiano.
Wadah desde aquella noche no volvió á sonreirse ni á hablar: amaba á Al-Hhamar con delirio, pero le rechazaba con horror; algunas veces en el mismo punto en que se estremecia de placer entre sus brazos le rechazaba gritando:
—¡Asesino! ¡asesino! ¡asesino!
Al-Hhamar habia llegado á sentir horror hácia Wadah, y á recordar con mas intensidad á su perdida Leila-Radhyah.
La otra muger cuyo recuerdo se levantaba próximo, ardiente, tentador en el alma del rey Nazar era Bekralbayda.
Desde tres dias antes que la habia visto en las fiestas de Alhama no habia podido olvidarla.