—¡Ah, señor! contestó todo trémulo el infante.

—Zenko, dijo el walí al esclavo de su hijo, ténme el caballo, y tú, añadió dirigiendo severamente su voz al infante, llévame á donde podamos hablar sin que nos escuchen mas oidos que los de Dios.

El infante todo confuso, tomó la antorcha de las manos de Zenko, se dirigió al interior de la torre, y subió por unas escaleras.

Se encontraron al fin en un pequeño espacio, en el que ni lecho habia, y el infante Ebn-Ismail puso la antorcha entre una grieta del muro.

—¡Digno albergue de un asesino! esclamó el walí mirando severamente á su hijo: cuadra bien á quien tal crímen ha cometido mancillando mis canas; una vieja atalaya abandonada, por refugio, en lo mas áspero de una montaña.

—¿Sabes tú, padre y señor, por qué maté yo al rey Abul-Walid? dijo Ebn-Ismail levantando los ojos y posándolos en su padre.

—Y aun querrás disculparte de aquel crímen.

—Yo maté á un tirano en medio de su córte, con peligro, y combatí despues la Alhambra; si no pude tomarla no fué mia la culpa si no de la suerte, que me volvió las espaldas.

—Tú mataste al rey, por gozar libremente los amores de la maldita sultana Ketirah.

—¡Ah! no: es cierto que despues la sultana me ha enloquecido, pero... yo maté al rey, porque pretendia deshonrar á una cautiva que me robó en Martos: fué necesario matarle, para que no sacrificase á sus deseos á la infeliz María.