—¡María! esclamó Abd-el-Rahhaman: ¡María! ¿es la cristiana que está cautiva en la Alhambra?

—Si señor; ella es.

—Y dime, hijo mio... ¿has amado tú á esa doncella?

—Sí, si señor, pero de una manera tranquila, pura, como se ama á una hermana.

—¡Oh! ¡gracias! ¡gracias, poderoso Señor, que no has permitido que el hermano deshonre á su hermana!

—¿Qué decís, señor?

—¡Oh! nada, nada. Digo que has hecho muy bien en matar al rey.

—Y habeis dicho tambien que María es mi hermana; eso mismo me dijo una noche de una manera misteriosa, un mago, un astrólogo: la noche que precedió al dia en que maté á Abul-Walid, y cuando quise que el mago me esplicase sus palabras, me dijo: «Muestra á tu padre el walí de Algeciras las joyas que tu hermana llevaba el dia en que la encontraste en Martos.»

—¿Y dónde están esas joyas? dijo con anhelo el walí.

—Aquí, bajo una piedra, escondidas en este mismo aposento.