—La infame sultana Ketirah.

—¡La infame sultana has dicho, padre y señor!

—Sí; la muger que por ser sultana envenenó á su padre.

—¡Oh! ¡Dios mio!

—La que ayudándose de Masud-Almoharaví, y ayudándole á él, mató á tu prima la sultana Aleidah.

—¡La prueba, padre, la prueba! esclamó Ebn-Ismail.

—La conciencia de la sultana Ketirah te dará esa prueba, si quieres, esta misma noche.

—¡Esta misma noche!

—Sí; ¿para qué salías cuando yo llegué de la torre? Para ir á arrojarte en los brazos de Ketirah.

—Es verdad.