Y sus ojos se llenaban de lágrimas.
—¡Oh! esclamaba: ¿te mirará ella á tí, blanca lámpara de la noche, como yo te miro pensando en ella? ¡Oh, María, mi María!
Y el jóven se apartaba del ajimez, y volvia á pasearse por la cámara.
De repente se escuchó en la poterna el sonido de una bocina; se oyó el estruendo del puente y del rastrillo, y poco despues un moro asomó á la puerta de la cámara y dijo:
—¡Cristiano! el padre de mi noble y poderoso señor, el esclarecido é invencible walí de Algeciras, Abd-el-Rahhaman, desea verte.
—¡Oh! que entre, que entre al momento, dijo Gonzalo.
Poco despues entraba en la cámara Ab-el-Rahhaman.
Observó durante algunos segundos en silencio al jóven, y el noble semblante del walí resplandeció con la espresion de la benevolencia.
—Guárdete Dios, mancebo, y te proteja, le dijo: ¿sabes quién soy?
—Sé, segun acaban de decirme, que eres el padre de un caballero moro á quien mi desdicha hizo mi vencedor, y á quien despues me he visto obligado á amar, porque le debo la vida.