—¡Oh! Ebn-Ismail, mi hijo, te ama tambien, cristiano, y á tí me enviía.
—Gracias doy al cielo de haber conocido un tan grande caballero como demuestras ser. Pero ¿qué me quieres?
—¿No deseas nada?
—¡Desear!... sí, si por cierto... deseo la muerte.
—¡La muerte!
—Sí; estoy fuera de mi patria, vencido...
—Pero no eres cautivo. En mi hijo has encontrado un hermano; en mí un padre.
—Dios os lo pague, dijo Gonzalo; ¿pero me podreis dar vosotros lo que yo he perdido?
—Hablas como mancebo, y como mancebo enamorado: sobre tí no han llovido todavía todas las amarguras las nubes de la desgracia. Amas y eres amado, y si por algun tiempo el destino te ha robado mi hija...
—¡Tu hija!... yo no conozco á tu hija, contestó con estrañeza Gonzalo.