Y sin pronunciar otra palabra el sabio se despidió del rey, dejándole envenenada el alma.

Por eso el rey se paseaba triste, sombrío, apenado, por una de las estensas y sonoras cámaras de su palacio del Gallo de viento.

Por eso de tiempo en tiempo murmuraba exhalando un profundo suspiro:

—¡Aun no es tiempo que yo sea feliz!

VIII.
LA VENTA DE UNA MUGER.

Era ya tarde.

En medio de su distraccion escuchó el rey Nazar el ruido sonoro de las pisadas de alguno que se acercaba.

Entonces compuso su semblante para que nadie pudiese comprender por él lo que pasaba en su alma.

Levantóse el tapiz de una puerta, y un esclavo negro magníficamente vestido con un sayo de escarlata y con una argolla de oro al cuello, se prosternó y dijo con voz gutural y respetuosa:

—¡Magnífico sultan de los creyentes! un viejo enlutado solicita arrojarse á tus plantas: dice que vá en ello mas de lo que puede pensarse.