—¿Y qué te diré yo, Ketirah, teñida en la sangre del que llamabas tu padre; que ocupaste el trono de Abul-Walid, manchado con la sangre de su esposa asesinada por tí; que despues distes el golpe de misericordia, la última puñalada á tu esposo, asesinado por tu amante, y abriste los brazos á ese mismo amante teñido en la sangre de tu esposo?

Ketirah abrió los labios para contestar, y la palabra se heló en ellos.

El mago se volvió terrible á Masud Almoharaví, que temblaba.

—Y tú, esclamó, amigo traidor del pasado wazir Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, tú, el que por sustituirle alhagaste la ambicion e la infame Ketirah, y la impulsaste á que envenenara al que creia su padre....

—¡Pues qué! esclamó Ketirah, ¿no era mi padre Abul-Fath-Nazir?

El mago condenado no contestó á Ketirah, sino que siguió dirijiendo su tremenda palabra á Masud, que estaba doblegado ante aquella terrible acusacion que parecia la voz de su conciencia.

—Tú, tirano, codicioso y soberbio, que ayudaste á Ketirah en la muerte de la sultana Aleidah; tú, que la llevaste al tálamo de Abul-Walid, tú, que has sido el cómplice de los crímenes de esa muger, ¿qué te puedo yo decir sino que la justicia de Dios está suspendida sobre tu cabeza?