—¡Y tú te prestaste á ver al matador de tu esposo, en el solitario aposento de una torre del muro, donde el regicida debia entrar por medio de una escala, para apurar un placer adúltero entre los brazos de una muger infame!

—¡Padre! esclamó confundido Ebn-Ismail.

—Ya que tuviste razones bastantes para matar al rey, ¿has tenido las mismas para consumar unos horribles amores con su viuda?

—¡Padre!

—Silencio cuando yo hablo. He venido á hacer justicia en nombre de Dios, y habrá justicia para todos.

—Sí, para todos habrá justicia, dijo una voz terrible y retumbante al otro lado de la cerrada puerta.

Y sin que aquella puerta se abriese apareció en la cámara el viejo rey mago condenado, Abu-Jacub-el-Alime, el padre de las trescientas cincuenta y cuatro hadas malditas.

Su aparicion aterró á todos, incluso Gonzalo, que nunca habia pensado existiese un viejo tan horrible como Jacub.

—Sí, habrá justicia para todos, esclamó el mago adelantando en medio del silencio general y sentándose en el suelo sobre la alfombra en el centro de la cámara. Para todos habrá castigo y recompensa: tú, cristiano, que no has ofendido á Dios, que no has manchado tus manos con sangre, que no te has vendido á Satanás, tendrás por recompensa á tu buena, á tu pura, á tu inocente, á tu amada María; pero tú, infante de Granada Abd-el-Rahhaman, tú, que amparaste á Walidé cuando la encontraste con las manos teñidas en sangre; tú, que casi renegaste de Dios por los amores de una cristiana; tú, que diste ocasion con tus pasiones á que Walidé se tiñera en la sangre de doña Catalina; tú, que cuando desapareció Walidé huyendo de tu furor y llevándose consigo una hija tuya, olvidaste á tu hija por odio á su madre, y la abandonaste á su destino, y la olvidaste, y has causado su perdicion por tu abandono; tú, que huiste cobardemente de Illora cuando te acometieron los fronteros de Alcaudete y con tu cobardia dejaste entre los cristianos á otra hija tuya, que criada entre otras gentes adoró á otros dioses; tú, que con tu soberbia has ensoberbecido á tu hijo, que ha matado á su rey; tú, que despues no has castigado á tu hijo; tú, infante de Granada, walí de Algeciras, Mohammet-Abd-el Rahhaman, tú serás castigado: pasarás dias de horror y noches de tinieblas y de llanto, y el remordimiento roerá tu corazon, porque tú, por saciar una venganza contra un enemigo, has producido las desgracias de tu familia, maldecida por Dios.

Abd-el-Rahhaman quiso contestar y no pudo: los ojos del rey mago condenado, fijos en él, le helaban la sangre.