—Y tú cristiano, mira y escucha como un caudillo moro hace justicia en nombre de Dios.

Gonzalo ante lo que veia estaba profundamente maravillado.

—He ahí, continuó Abd-el-Rahhaman, una muger que parece ser un arcángel, y que dentro de sí tiene el alma de Satanás: he ahí un viejo que debia ser un espejo de justicia y de valor para los vasallos del rey de Granada, y que sin embargo es un miserable zorro, que salió de su oscura madriguera para subir á la luz por la senda del crímen.

—¿Y con qué derecho te atreves á insultarme á mí, á la madre de tu rey, infante de Granada? esclamó la sultana que habia logrado dominarse.

—Con el que me dá la justicia de Dios, contestó el infante; con el que me dán vuestros crímenes.

—¡Mis crímenes! ¿y cuáles son mis crímenes? esclamó la sultana.

—¿Qué hacías aquí, á qué has venido á esta torre, hermosa Ketirah? esclamó con sarcasmo Abd-el-Rahhaman.

—¡Qué á que he venido aquí! esclamó Ketirah con audacia: engañada por tu hijo.

—¿Por mi hijo?

—Sí, tu hijo habia solicitado verme...