Descabalgaron los dos ginetes, los de á pie tuvieron los caballos, y los que habian desmontado el uno tras el otro, treparon por la escala.
Un momento despues, entraron por el ajimez, Gonzalo Nuñez y el walí Abd-el-Rahhaman, armados de todas armas.
—He aquí que ha llegado el momento del juicio, esclamó Ebn-Ismail dirijiendo su ronca palabra á la sultana y al wazir; adelantad, padre mio; adelantad, hermano mio; he aquí á los asesinos de la sultana Aleidah.
XXX.
Al oir aquella acusacion, un grito de espanto se exhaló á un tiempo de las bocas de la sultana y del wazir.
Al escuchar aquel grito, Ebn-Ismail se puso pálido, y avanzó hacia Ketirah y Masud.
—¿Conque son ciertos los crímenes de que os acusa este pergamino? esclamó sacando de entre su faja el que le habia dado su padre.
El infante Abd-el-Rahhaman, se cruzó entre su hijo y los dos miserables que estaban aterrados.
—Donde está el padre el hijo calla, dijo con gran autoridad.
Y apartó á Ebn-Ismail, que se hizo atrás pálido y sombrío.