La sultana y el wazir se encontraban en una situacion estraña; en vano le hablaba, le suplicaba la sultana Ketirah: el infante continuaba en su sombrío silencio, y en su paseo inalterable.
En vano Masud-Almoharaví, queria resolver aquella situacion por la fuerza.
El feróz y reconocido valor del infante le contenia.
Pesaba sobre la sultana un presentimiento horrible: el presentimiento de lo desconocido.
Masud-Almoharaví temblaba porque en el semblante del infante aparecia una espresion terrible.
Pasaron así dos horas: el infante paseando, ceñudo, pálido y silencioso murmurando palabras ininteligibles, la sultana y el wazir temiéndolo todo, retirados é inmóviles en un ángulo.
Al fin, sonó abajo, al pie de la torre, un ténue silvido.
El infante corrió al ajimez.
A la luz de la luna, vió al pie de la torre en el barranco, dos ginetes y algunos hombres á pie.
Entonces el infante dió otro silvido en el ajimez, y echó abajo la larguísima escala.