Solo tenia un freno de oro y riendas de oro tambien, con las que le regia la dama.
Aquella dama, en la inquietud de la mirada de sus negros ojos, en la sobreescitacion de su alto seno y en el ardiente álito que emanaba de su boca purpúrea y entreabierta, se comprendia que estaba amenazada de un grave peligro, y en la precipitacion con que lanzaba su caballo á través del tortuoso sendero abierto entre el enmarañado bosque que entonces cubria la Colina Roja, la Silla del Moro y el Cerro del Sol, demostraba claro que huia.
Apenas habia la dama llegado al barranco que hoy se llama Peña-Partida, y que está ya próximo al lugar donde hoy se levanta la torre de los Siete Suelos, y donde antes existia la sima que hemos citado, cuando se oyeron roncos ladridos y apareció por el mismo lugar por donde habia llegado la dama, un enorme perro blanco de montería.
Al sentir sus ladridos, la dama se estremeció, y aguijó su caballo que partió por el descenso del barranco, y se dirijió como una flecha al borde de la sima.
Al verle la dama, dió un grito de horror y se arrojó del caballo al suelo, quedando desmayada por la violencia del golpe, junto al borde de la sima.
El caballo se lanzó en ella y desapareció, produciendo con su caida un ruido sordo, terrible, atronador, en las profundidades lóbregas de aquel agujero horrible.
IV.
La dama habia quedado suspendida entre los espinos sobre el abismo; el perro llegó al borde, asió con los dientes su túnica y la sacó fuera.
Entretanto llegó un hombre, y dió un puntapié al perro que se hizo atrás, y enseñó sus dientes amenazadores al hombre aquel, pero no le acometió.
Aquel hombre tenia un aspecto terrible.