El hombre nuevamente aparecido, venia completamente armado por un arnés negro y reluciente.

Bajo su casco sin visera, redondo y liso, sin adorno alguno, se veia un semblante blanco, hermoso, melancólico, con unos grandes y lucientes ojos negros.

Pero en el fondo de aquellos ojos habia algo que causaba espanto.

El hombre rojo y el de la armadura negra, se miraron fijamente y en silencio, durante algunos segundos, pero con un odio infinito.

—Te has valido de tus malas artes, y de la amistad que tienes con el diablo, Kaibar, por robar del alcázar del rey Al-bahul, á la hermosa Zairah, dijo el de la armadura negra; pues bien, has trabajado para mí; porque voy á matarte, y despues nadie me preguntará por Zairah, á quien amo.

—¿Y dónde has visto tú á Zairah, Jacub? esclamó con voz ronca y sarcástica Kaibar.

—Me la ha mostrado en sueños el espíritu que me ayuda.

—¿Y cómo sabias tú que existia Zairah?

—Un dia estaba triste, muy triste; dijo Jacub, sentándose sobre una de las asperezas del borde de la sima con la misma tranquilidad que si no hubiera tenido delante un enemigo: velaba yo, apoyado en las almenas en la torre grande de la alcazaba de Cairvan[91]: brillaba como ahora la luna triste y sombría.

Y mi alma estaba envuelta en tinieblas.